El autor de “Kilim” es uno de los españoles que mejor conoce Marruecos, país por el que siente y demuestra una pasión única, y que busca que quede plasmada en su incursión literaria en torno a las reflexiones más personales de su vida en este país.
Este libro será presentado en octubre o principios de noviembre en Marruecos (Tetuán , Tánger , Fez) y para finales del mes de noviembre lo hará en Algeciras en el Edificio Kursaal (Sede para la Cooperación Permanente con Marruecos).
Al margen de ser en la actualidad el director del Instituto Cervantes de Fez, (ciudad en la que reside), Salvador López Becerra fue fundador y Presidente del Ateneo Hispano-marroquí y Director de la Jornadas interculturales "Al Sur del Sur : otra mirada" inscritas en la iniciativa comunitaria Interreg III – A España-Marruecos. Es miembro de honor de la Asociación de escritores marroquíes en lengua española y del Consejo mundial de marroquíes residentes en el extranjero.
Algunos otros títulos de su bibliografía son :"Poemas","variaciones sobre el olvido", "El patio", "Arquitectura del ensueño", "Afan de la luz", "Lava", "Riente azar" , "Voluntad del fuego", "La gacela y el palmeral", "Derechos del corazon", "Mudra" , "Tapices vistos del reves: fábulas bereberes del medio atlas", "Kabileño", "Entiznar: una mirada al tatuaje marroquí" , "Gozo comunicado" y "Ganga".
“Kilim” es el tercer libro de la Colección Mabrouka, editada por la Oficina de Cooperación con el Norte de Marruecos. Los dos primeros libros editados han sido “Veinticuatro retratos de Mujer” de Paloma Fernandez Gomá y El Jardín de los Suspiros” de Juan Emilio Ríos Vera.
Igualmente está en imprenta el número cuatro de la colección SHEREZADE de Mohamed Hammú sobre cuentos de tradición oral marroquíes.
La poesía entiznada de Salvador López Becerra. Breves apuntes sobre “KILIM”, por Sergio Barce Gallardo
“Oh, este insignificante goce de derrochar tinta y papel describiendo el atardecer, lejos de los mundos de propios y extraños” (pag.59)
Este verso en prosa poética podría resumir el espíritu con el que ha escrito su nuevo libro Salvador López Becerra: “Kilim” (Agencia de Cooperación de la Junta de Andalucía – Cuadernos del Atlas IX – Tarifa, 2007).
Hace una semana que me llegó por correo un pequeño paquete desde la mágica Fez. Olía el sobre al rojo otoñal de su tierra y, al abrirlo, fue el aroma del libro el que tornó el aire en un cálido abrazo de amigo. Ha sido un regalo inesperado. Por ello, doblemente festejado. Y como selecto presente lo trato y lo adopto.
Abro las páginas vírgenes de “Kilim”, y leo. Compruebo que Salvador López Becerra se ha desprendido de su traje de director del Instituto Cervantes de Fez y que se ha puesto su chilaba y sus babuchas. Está a gusto. Deja correr la pluma o su Bic o su lápiz hurtado a uno de sus hijos. Se nota que escribe desde su amado Marruecos, refugiado en esa casa de piedra rodeada de cedros que le sirve de oasis. Hay en cada línea destellos de recuerdos y recuerdos grabados en la memoria con un buril, lo que imposibilita su olvido. Hay luciérnagas en esos versos. Pero no hay rimas, porque cada verso de Salvador es prosa enamorada.
Paseo, pues, a través de esas luces nocturnas que crepitan nerviosas por las callejuelas de Xauen, de Tetuán, de Tánger, de Meknes y de Marrakech, y luego me llevan (las sigo a hurtadillas), como si fueran imanes imposibles de soslayar, suavemente hasta Taroudant, Merzouga o a la misma cima del Toubkal… Me ponen frente a Paul Bowles y Salvador hace que vea al eterno americano-tangerino ahí sentado, al borde de su cama, y me lo presenta. Salvador conversa con su fantasma y con las otras sombras de su Marruecos imaginario-atesorado. Todo, con la misma naturalidad con la que hace que también yo abrace a Messoud.
“Kilim” desborda. Ya digo que hay luciérnagas en sus versos, a cada revuelta de sus páginas, si se lee de noche. Al alba, descubres declaraciones de amor que yo, dejando a un lado la hipocresía y los buenos modales, le robaría sin rubor:
“Embriágate siempre. Corrige tus pasos, no escribas nada más, déjalo todo para mañana, para la desmemoriada memoria del olvido. Olvídate de tus ojos, déjate engañar y relega los ajenos ruidos. Oye el grito del gentío, de la multitud. No oigas otras voces. Escucha el amor, nunca salgas del laberinto.
-¡Hace frío tan temprano, tan lejos de ti y del mundo!, me dijo ella” (pag. 36)
Los dos estamos atrapados en las redes de este país. Y lo sabemos y lo aceptamos, con júbilo. A veces es difícil explicarlo, casi imposible de hacernos entender. ¿Cómo podría superar este himno?:
“A lo lejos, muy cerca, escucho las llamadas a la oración cruzándose, como abrazos de ciegos, en medio de la noche (no ecos, sonidos entre las montañas) recordándome que he de dar gracias a Dios. Y las doy” (pag. 45)
Entre sus cañaverales y sus chumberas bereberes me engaño deseando creer que Salvador López Becerra, con su escritura desenfadada, salvaje a veces, me ha llevado, sin resistencia por mi parte, hasta un cafetín y que allí, sentados frente a un té con hierbabuena y azucarado en su justa medida, sus palabras se deslizan en una confidencia que esquiva el humo del kif, hasta llegarme y regalarme los oídos. Me habla desde sus versos de todo eso que él y yo ya sabemos:
“Nosotros somos de otro tiempo (¡Un brindis, lector cómplice!), siempre el mismo. Pura cadencia coronada de ensueños y expectación. Belleza sin fin. Como Marruecos” (pag.27)
“A ti y a mí nos unen esta gente con sus modales que reconocemos como nuestros. A ti y a mí nos une el mismo cabalgar por el Erg, los paseos junto a las murallas, la alegría sentida por los caminos que asoman desde las gargantas y el amable olor de los libros en las olvidadas zaüías. También el perfume de la tierra después de la tormenta. El color acre del tiempo. La victoria” (pag.28)
Sus rostros y su hospitalidad. ¿Recuerdas los años en que las puertas de las casas siempre estaban abiertas, sin pestillos? <Marh´ba bikúm>, eso es lo que oigo al llegar a casa de Hanan. ¿Hay otro lugar igual en el mundo?
“Bajas del autobús y crees caer al fondo del tiempo. En Marruecos las miradas, cuando te dan la bienvenida, siempre llaman a la puerta de tu corazón” (pag. 37)
Nos emocionamos también cuando hablamos de los chiquillos, que aquí son como fuimos antaño, como ya no son los que vemos por las urbes globalizadas. Ellos son como nuestro vago reflejo en las aguas estancadas del pasado:
“Mohamed, Abdul y Mulay están frente a mí, componiendo con sus extremidades simétricas una arcada humana. Mulay tumbado sobre la estera, apoyando la cabeza sobre la palma de la mano, con el codo doblado en una grieta del suelo de madera; comedido mira el vaivén de mi escritura elástica; Mohamed, también recostado, muestra la nuca calva que asoma de su turbante desencajado, atentamente también observa la cuadrícula del cuaderno llenarse de rasgos,
-<tiene un aire de hastío>, pienso por esa intuición que tengo a los símbolos; Abdul, sentado con las piernas cruzadas toca la flauta y registra los grafos del silencio. Mientras los tres, en su mutismo cómplice, <controlan> mi ilegible quehacer, yo sueño con los lunáticos garabatos que la noche esboza sobre las aguas del río Oum-er-Rbia” (pag.16)
“Ningún lugar aquí sería igual sin la regocijada algarabía de los chiquillos bajo los cobertizos de la Medina. Nada sería igual aquí sin el baladro kármico de los ciegos y tullidos” (pag. 23)
Y pensamos igual, y lo expresamos con la misma intensidad:
“Amo esta tierra, estos campos de Dios. Por ello a veces pienso egoístamente no queriendo que la aflijan de forma salvaje con el hormigón desmesurado y la afeen con el percudido maquillaje del alquitrán” (pag. 65)
Conociendo algo el carácter de Salvador, sé que va por libre, y eso se malinterpreta y hasta crea recelos, pero sólo sucede entre quienes tiene horizontes limitados. No me extraña, por tanto, que en algunas estrofas-versos-frases, como latigazos o zarpazos de asco, se ensañe con los turistas que vagan por esta tierra mítica como si pasearan por la Quinta Avenida; o que caricaturice a ciertos personajillos que tratan de escalar posiciones humillando y pisoteando. Pero se trata de meros paréntesis, escupitajos desganados a lo que afea nuestro Eldorado. A Salvador López Becerra, lo único que lo empuja en “Kilim” es ese Marruecos que lo atropella de pura belleza y que le marca el camino, como traza el mío, es decir, el que da sentido a nuestra existencia, la que nos ha tocado vivir:
“No es literatura la vida para quien la siente latir. Poesia en acción: Marruecos” (pag. 33)
Sólo poesía. También hay otras luciérnagas que brillan por el mero placer de brillar:
“La paradoja es que debiéramos nacer mudos para sólo poder decir silencios. Oír únicamente la música del silencio” (pag. 38)
Salvador, te agradezco el libro, el regalo, la sorpresa de lo que envolvía el papel de estraza, lo que escondía la sencilla y sobria portada, este mapa de flashes, de relámpagos, de fulgores. Te agradezco este viaje a tu microcosmos, a esta tierra tan apasionadamente amada, a estos paisajes abrazados aún sin abrasar.
Ahora, con o sin tu permiso, voy a saltarme las palabras preliminares de tu obra (es un pequeño malabarismo para decir lo que viene), y añado: Te agradezco, también, que tu libro lo inicies con Larache, ya sabes que es mi debilidad, una debilidad algo más irracional e incomprendida. Tengo la teoría, quizás absurda, de que todo libro de viajes (y esta poseía tuya es, no lo ocultemos más, un viaje a tu Marruecos desde tu Marruecos) que comienza por Larache, aunque sea pasando por allí de refilón o mirándola de reojo, promete ser un buen libro. Con el tuyo no me he equivocado. Lo siento, no puedo evitar reproducir este inicio con el pueblo que secuestró mi alma, allá por los vergeles de mi niñez:
“Larache eran los pinchitos morunos y el <tarbúsh> rojo de los <regulares> con sus pulcros fajines carmesíes de indisciplinados flecos. Era nombrada “la perla de España en África”. Un lugar recóndito desde donde también, por Semana Santa, venían los <novios de la muerte> con el carnero carnudo. Lugar donde decían habitaban los <salvajes moros>: Misteriosa y embustera lejanía infantil. Y allá fui, en busca del Jardín de las Hespérides, hermosura de la que nunca oí hablar al gentío; hacia la deseada y solitaria Lixus desheredada de su pasado. Y me impregné de la melancólica decadencia de su fulgor. Y la amé por su memoria no por el lugar donde, entre tumbas <nazaranis> profanadas, reposan mirando a la lejanía azul del infinito, los restos de un imposible amante expatriado: Jean Genet” (pag. 13)
Aunque, la verdad, tampoco puedo ocultar estos celos por tu declaración de amor a Larache, que es el primero que haces en todo ese poemario enamorado de Marruecos que lleva tan hermoso título: “Kilim”.
“Sólo aquí existe este azul exacto capaz de cegar todas tus dudas. Alégrate por haber encontrado uno de tus lugares en el mundo” (pag. 40)
(17/10/07)